Palmaditas en la espalda

El mundo tendría que haber conseguido para 2020 reducir a la mitad el número de muertes y lesiones causadas por accidentes de tránsito. No se pudo.

En marzo de 2010 la Asamblea General de Naciones Unidas proclamó al periodo 2011-2020 como el “Decenio de la Acción para la Seguridad Vial”, buscando estabilizar el número de víctimas mortales como consecuencia de accidentes viales, que rondaban una escalofriante cifra que superaba 3.500 muertes diarias.

Más de 50 millones de personas quedaron lesionadas de gravedad anualmente a causa de la in-seguridad vial durante la primera década del siglo XXI desequilibrando los sistemas pensionales y de salud pública alrededor del globo; solo en Colombia el costo socioeconómico asociado a la tragedia vial superaba 1.5% del PIB.

Ante la incapacidad de la institucionalidad responsable de la seguridad vial en muchos países del mundo (pocos lograron la meta), el pasado 18 de agosto la ONU proclamó un Segundo Decenio de Acción por la Seguridad Vial considerando que los mal llamados accidentes de tránsito son evitables (efectivamente lo son) y que las consecuencias socioeconómicas de la in-seguridad vial pueden afectar el progreso del mundo en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible en la agenda 2030.

La resolución de las Naciones Unidas que absuelve el fracaso del primer decenio, invita a los gobiernos del mundo a trabajar en línea con objetivos actualizados que abarcan desde garantizar infraestructura segura en todos los modos de transporte (ahora que está tan de moda inaugurar pintura en asfalto con el mote de “cicloinfraestructura”), incluir la noción de sistema seguro en la planificación urbanística y trabajar con el sector empresarial en la concepción e implementación de políticas públicas.

Se incluyeron otros objetivos, reiterando la importancia de la educación y formación en seguridad vial a toda la población, fortalecer la capacidad institucional en relación con la atención a las víctimas tras el accidente e impulsar decididamente el despliegue de la tecnología para la mejora de la seguridad vial en una visión 360°.

Esto sucede en el mundo, ¿y en Colombia?

Hace pocos días atendí al lanzamiento de un programa muy interesante que será bandera de la administración actual en un departamento de la costa atlántica; el evento al que me refiero, no fue un show de esos que los políticos organizan para que sus comités de aplausos expongan su frenesí ante su líder vanagloriado, nada que ver.

Fue una reunión con la comunidad en donde se presentó a los más vulnerables un horizonte de reivindicación en donde la corresponsabilidad es imprescindible; una suma real de esfuerzos, una adición virtuosa en donde cada uno no aporta lo que le sobra sino en cambio lo que más le cuesta entregar.

Por primera vez en tantos años de carrera por el país, vi al Estado ofreciendo su capacidad de escuchar, conmovedor. La presentación terminó con una frase de la sabiduría africana que reconozco desconocía, “todo lo que hagas por mí, sin mí, será en contra de mí”, me hizo pensar sobre cómo va la seguridad vial en Colombia.

Son tiempos difíciles para la seguridad vial en nuestro país, lo han sido los últimos diez años. Primero porque no habían recursos suficientes, luego porque no teníamos la  institucionalidad necesaria y ahora porque la gestión pública, nacional y regional, aceptó el látigo de la popularidad, forzando interpretaciones de la estadística o de reglamentos técnicos para confeccionar “logros” a diestra y siniestra, peor aún para “salvar vidas” desde el power point.

Colombia transita sobre un Plan Nacional de Seguridad Vial que en el papel rige hasta 2021. Digo en el papel porque su revisión periódica era obligación del Estado y, salvo la realizada en 2014 como última acción directa del Ministerio de Transporte en la materia ante el nacimiento de la Agencia Nacional de Seguridad Vial, no ha sido actualizado más allá de retóricos planteamientos que el Director o Ministro de turno propone en seminarios, congresos, simposios y demás eventos académicos. Lo triste de la situación es que el tablero muestra lo que debe mostrar, un 44 % más de victimas en 2019 respecto de la meta del Plan Nacional de Seguridad Vial para ese año.

Lo fundamental parece ser salvar vidas, como no iba a serlo; el asunto es que pelear contra  molinos de viento como el de evitar la imprudencia vial que trae fatalidad por todas sus causas (distracción al volante, ebriedad, exceso de velocidad, irrespeto a las normas de tránsito, “fallas” mecánicas, etc), mientras se lleva la fiesta en calma con la opinión pública tratando de ser empáticos, asertivos y mostrarse “experto” en todo (que es lo mismo que ser experto en nada), desgasta al sistema de administración de la seguridad vial tanto como a quienes conforman el ecosistema dentro de la cual se articula, ese esquema que habría de partir de lo elemental: hacer individuos seguros, que conformen comunidades seguras para consolidar territorios seguros.

No ha sido por falta de ganas, no. No ha sido por falta de voluntad, no. De golpe algo de soberbia, combinada con un claro desenfoque sobre lo fundamental. Nada más difícil que llevar la responsabilidad de un cargo cuyo indicador de éxito es evitar muertes, toda mi consideración para los directores de la ANSV a lo largo de estos siete años.

Y en Colombia, ¿qué?  Hay que empezar a escuchar, dejar de tratar un tema de salud pública como la seguridad vial con manuales de ingeniería, pero sobre todo, en el gran orden de las cosas, hay que dejar de pensar y comunicar que se “salvan vidas” cuando el número de muertos hoy es menor al de hace un año, buscando palmaditas en la espalda.

No es tarde para emprender acciones decididas en conjunto con la sociedad civil y las comunidades locales en todo el país que salven vidas con recursos tangibles que alejen la fatalidad vial de sus vidas, haciendo por ellas, con ellas, aquello que no termine siendo en contra de ellas.

Cuídense mucho y Manejensebien !

Por: Enrique López

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